Monday, December 14, 2009

3

La noche era callada y el miedo danzaba dentro de Amelie. Miedo a perder al hombre quien la había hecho ver las estrellas con sus besos, a perder a ese ser tan especial, tan único, tan sincero, tan dulce y duro al mismo tiempo. Temía a enviudar y tener que cuidar de Anna sola, a la soledad de la vejez, a no poder evitar los próximos sucesos...
De pronto...entre sus pensamientos, se se oyó una puerta a lo lejos... los pasos se fueron acercando cada vez mas al recibidor.

- Buenas noches, mi amor-dijo el señor Artur al llegar, retumbando su voz en la callada residencia.
- Amor, ¡por fin llegaste!-gritó la dulce Amelie entre alegría y tristeza.
- Si, que tenido un día agitado, quisiese que las cosas no fuesen tan complicadas, pero como sospechaba mañana mismo tendremos que partir a las 5 am.
Se sintió un silencio entre las palabras del señor Artur, tan fuerte que se podían escuchar los pensamientos.
- Iré al alcoba de Anna a darle las buenas noches.-continuó.
- Si, mi vida, ella me dijo que no dormiría hasta que tú llegases-comentó la delicada Amelie.
- Amor, arroparé a la bebe y luego subiré a descansar-dijo el distinguidísimo Artur con una sonrisa superficial.
- Si mi vida-contestó Amelie-iré subiendo, te espero arriba.

El señor Artur caminó suavemente para poder visualizar por última vez la bella recidencia, visualizaba las escaleras de marmol, y las barandas de fina madera mientras subía hacia el cuarto de Anna. Aún se podía sentir el olor a leña de la chiminea del cuarto de Anna cuando el señor ingresó, ella se encontraba inmensa en sus sueños, tenía a Rorro abrazado como si fuese un muñeco de felpa y Clotilde todavía se encontraba leyendo el cuento para dormir que había elegido Anna. El señor Artur se acercó lentamente, y besó la fría mejilla de Anna.
- Buenas noches, angelito mio - susurró - Te quiero mucho.
- ¿Papi?-dijo Anna entre sueños.
- Si, muñequita -dijo con dulzura el señor Artur.
- No quiero que te vayas-sollozó-por favor papi, tengo mucho miedo.
- Lo se mi vida, pero debo cumplir con mi deber, mañana saldré tempranito. Despiértate temprano para tomar desayuno todos juntos-sugirió.
-Si papá, Clotilde me va a despertar manaña temprano-contó.
- Anna, antes que me vaya, quiero darte este pequeño regalito.
Anna quien se encontraba con los ojos cerrados, los abrió y observó una pequeña bolsita de terciopelo azul. Parecía muy antigua, la analizó con curiosidad tratando de adivinar su contenido, pero nada se le vino a la mente. Abrió suavemente la vieja bolsita...
Había un collar sensillísimo, cualquier niña de sociedad hubiese esperando algo mejor. El collar no era nada especial, consistía de un extraño dije formado por una piedra opaca blanca del tamaño de un limón, estaba sujetada con una serie de alambres que tejían cinco tulipanes alrededor del mismo. El dije colgaba mediocremente de un pedazo de cuero verde gastadísimo por el uso.
- Hijita, este collar perteneció a la abuela-dijo el señor Artur mirando a Clotilde para que se retirase y pudise estar con su hija a solas.
- Hasta luego-renegó la criada queriendo escuchar la conversión.
- Buenas noches Clotilde-dijo Anna
- Bueno, como te contaba-continuó calmadamente-este collar le pertenecía a tu abuela, lo llevaba siempre con ella, no se lo quitaba ni para dormir. En su lecho de muerte, cuando tu madre se encontraba en espera, la abuela Theodora, se quitó el dije, nunca antes lo había hecho desde que su madre se lo obsequió, luego tu abuela me miró fijamente a los ojos y me pidió que te lo de cuando crea que sea el momento apropiado.-dijo el señor Artur-Llévalo siempre contigo, cuídalo mucho mi amor, lo he estado guardando mucho tiempo para dártelo, pensé dartelo cuando cumplieses quince, pero...
- Si papá, gracias...-interrumpió Anna asombrada tratando de encontrarle alguna particularidad importante al collar.
- Bueno mi vida, ya es hora de dormir. Mañana debemos despertarnos temprano. Dulces sueños princesita.
- Dulces sueños galletita-respondió Anna.
Anna solía llamar a su papá galletita, pues cuando ella pequeña, su padre siempre traía a la casa galletas para después de la cena.
Artur cerró la puerta de la habitación, y se dirigió al baño. Fue ahí, fijándose que no hubiese nadie cerca, que juntó miró al cielo, juntó los párpados y comenzó a llorar. Lloró como un pequeño niño luego que le habían arrebatado un dulce, lloró con el corazón, pensando en su adorada esposa y su dulce niña...se acordó de aquella vez que le dio el primer beso a Amelie, suspiró, se mojó el rostro con agua tibia y fue hacia su cuarto.

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