Tuesday, December 15, 2009

4

El silencio danzaba cuidadosamente en la residencia, Artur, admiraba los retratos del extenso pasadiso camino a su habitación. Amelie, se encontraba ya con ropa para dormir leyendo al lado del fuego de la chimenea que calmaba el penetrante frío.

- Amor, ¿hablaste con Anna?-preguntó Amelie.
- Si mi vida, y le di el collar de la abuela-confesó
- Pero, ¿crees que este sea el momento apropiado? ¿no debimos esperar por lo menos hasta que cumpliese dieciséis?-dijo sorprendida. Lo puede extraviar, es muy pequeña aún.
- Lo sé, amor. -interrumpió Artur, mas quién sabe lo que sucederá, mejor no hablemos de eso, aprovechemos el tiempo recordando momentos agradables.-añadió abrazando a Amelie.
- Amor, no digas eso, hay que ser positivos-replicó Amelie aferrándose al fuerte brazo de Artur.
- Mi vida...te amo-suspiro Artur abrazando a su esposa por la cintura.
- Lo sé-respondió Amelie con una pícara sonrisita.
Amelie acercó su rostro al de Artur hasta poder sentir la tibia y acogedora respiracion de Artur, sonrió lentamente, juntaron sus labios suavemente mientras los latidos de ambos se agitaban sintonizandose con el viento.
Amelie colocó su fría mano en el pecho de tu amado acariciándolo con pasión, mientras Artur la sujetaba fuertemente, no quería soltarla nunca. El nevado cuerpo de Amelie fue calentando poco a poco hasta que ambos se fusionaron formando un solo ser, se fundieron como dos barras de chocolate al sol.
- Amor, ¿me amas?-interrumpió Amelie.
- Si amor-respondió Artur entrecortadamente entre respiraciones agitadas.
- Yo mas mi vida, yo mas...
- Ven aquí preciosa-descansemos un ratito.
- Abrázame...-pidió Amelie.

Esa noche, permanecieron abrazados, no pudieron dormir. Intercambiaron todo tipo de miradas, de miedo, de amor, de ternura, de dulzura, de ansias, de pasión... Artur miraba los ojos pardos de Amelie mientras ella se sonrojaba, esa reacción solo la podía ocasionarla él, no había nadie mas en el mundo que la haga sentir de esa manera, cuando Artut la miraba a los ojos, cuando él la miraba a los ojos, se sentía tan amada, tan querida, tan protegida, un sentimiento que tenia miedo de perder algún día.


Monday, December 14, 2009

3

La noche era callada y el miedo danzaba dentro de Amelie. Miedo a perder al hombre quien la había hecho ver las estrellas con sus besos, a perder a ese ser tan especial, tan único, tan sincero, tan dulce y duro al mismo tiempo. Temía a enviudar y tener que cuidar de Anna sola, a la soledad de la vejez, a no poder evitar los próximos sucesos...
De pronto...entre sus pensamientos, se se oyó una puerta a lo lejos... los pasos se fueron acercando cada vez mas al recibidor.

- Buenas noches, mi amor-dijo el señor Artur al llegar, retumbando su voz en la callada residencia.
- Amor, ¡por fin llegaste!-gritó la dulce Amelie entre alegría y tristeza.
- Si, que tenido un día agitado, quisiese que las cosas no fuesen tan complicadas, pero como sospechaba mañana mismo tendremos que partir a las 5 am.
Se sintió un silencio entre las palabras del señor Artur, tan fuerte que se podían escuchar los pensamientos.
- Iré al alcoba de Anna a darle las buenas noches.-continuó.
- Si, mi vida, ella me dijo que no dormiría hasta que tú llegases-comentó la delicada Amelie.
- Amor, arroparé a la bebe y luego subiré a descansar-dijo el distinguidísimo Artur con una sonrisa superficial.
- Si mi vida-contestó Amelie-iré subiendo, te espero arriba.

El señor Artur caminó suavemente para poder visualizar por última vez la bella recidencia, visualizaba las escaleras de marmol, y las barandas de fina madera mientras subía hacia el cuarto de Anna. Aún se podía sentir el olor a leña de la chiminea del cuarto de Anna cuando el señor ingresó, ella se encontraba inmensa en sus sueños, tenía a Rorro abrazado como si fuese un muñeco de felpa y Clotilde todavía se encontraba leyendo el cuento para dormir que había elegido Anna. El señor Artur se acercó lentamente, y besó la fría mejilla de Anna.
- Buenas noches, angelito mio - susurró - Te quiero mucho.
- ¿Papi?-dijo Anna entre sueños.
- Si, muñequita -dijo con dulzura el señor Artur.
- No quiero que te vayas-sollozó-por favor papi, tengo mucho miedo.
- Lo se mi vida, pero debo cumplir con mi deber, mañana saldré tempranito. Despiértate temprano para tomar desayuno todos juntos-sugirió.
-Si papá, Clotilde me va a despertar manaña temprano-contó.
- Anna, antes que me vaya, quiero darte este pequeño regalito.
Anna quien se encontraba con los ojos cerrados, los abrió y observó una pequeña bolsita de terciopelo azul. Parecía muy antigua, la analizó con curiosidad tratando de adivinar su contenido, pero nada se le vino a la mente. Abrió suavemente la vieja bolsita...
Había un collar sensillísimo, cualquier niña de sociedad hubiese esperando algo mejor. El collar no era nada especial, consistía de un extraño dije formado por una piedra opaca blanca del tamaño de un limón, estaba sujetada con una serie de alambres que tejían cinco tulipanes alrededor del mismo. El dije colgaba mediocremente de un pedazo de cuero verde gastadísimo por el uso.
- Hijita, este collar perteneció a la abuela-dijo el señor Artur mirando a Clotilde para que se retirase y pudise estar con su hija a solas.
- Hasta luego-renegó la criada queriendo escuchar la conversión.
- Buenas noches Clotilde-dijo Anna
- Bueno, como te contaba-continuó calmadamente-este collar le pertenecía a tu abuela, lo llevaba siempre con ella, no se lo quitaba ni para dormir. En su lecho de muerte, cuando tu madre se encontraba en espera, la abuela Theodora, se quitó el dije, nunca antes lo había hecho desde que su madre se lo obsequió, luego tu abuela me miró fijamente a los ojos y me pidió que te lo de cuando crea que sea el momento apropiado.-dijo el señor Artur-Llévalo siempre contigo, cuídalo mucho mi amor, lo he estado guardando mucho tiempo para dártelo, pensé dartelo cuando cumplieses quince, pero...
- Si papá, gracias...-interrumpió Anna asombrada tratando de encontrarle alguna particularidad importante al collar.
- Bueno mi vida, ya es hora de dormir. Mañana debemos despertarnos temprano. Dulces sueños princesita.
- Dulces sueños galletita-respondió Anna.
Anna solía llamar a su papá galletita, pues cuando ella pequeña, su padre siempre traía a la casa galletas para después de la cena.
Artur cerró la puerta de la habitación, y se dirigió al baño. Fue ahí, fijándose que no hubiese nadie cerca, que juntó miró al cielo, juntó los párpados y comenzó a llorar. Lloró como un pequeño niño luego que le habían arrebatado un dulce, lloró con el corazón, pensando en su adorada esposa y su dulce niña...se acordó de aquella vez que le dio el primer beso a Amelie, suspiró, se mojó el rostro con agua tibia y fue hacia su cuarto.

Sunday, December 13, 2009

2

El día rápidamente se fue disfumando entre los gruesos paños flotantes de la oscuridad de la noche. Había sido una jornada difícil, Anna se mantuvo en silencio, como si estuviese en otro mundo. Durante todo el día, abrazaba a Rorro aferrándolo a su pecho como queriendo proteger a su engreída mascota. Rorro, era por su parte, el unico que podía descanzar, tan innocente, sin saber que se viajaría millas de millas con Anna y Amelie buscando la tranquilidad.
Amelie ordenó sellar y clavar las ventanas y puertas de la casa para evitar el inevitable daño que le ocacionarían los futuros hechos. Paseaba nostálgicamente por las elegantes paredes, respirando el arte la decoración, deseando retroceder en el tiempo, quería imaginar que nada fuese real, y que la pesadilla que estaría a punto de estallar, que fuese una falsa.
Recordaba su niñez entre esas mismas paredes, cuando Clotilde era joven y cuidaba de ella. Podía oler los pastelillos adornados con las mas exquisitas frutas que preparaba su madre, podía escuchar la voz de su hermana mayor, quien nunca mas vio luego de que se fugó con un muchacho humilde quien no era aceptado en casa.
- ¡Oh!...mi hermana...¿qué será de ella?..la rebelde de la familia, conoció a un joven sin apellido, sin futuro...-se decía a ella misma.
Siguió caminando, guardaba sus memorables objetos en cajas de madera, miraba las figuras de cristal que adornaban el estar, y esa costosa vajilla de matrimonio finamente pincelada con rosas de oro, las fotografías su pálida y siempre arreglada madre, la ropita de bebé de Anna...eran tantos recuerdos por dejar atrás...
- ¿Clotilde?-llamó Amelie.
- Señora, ya subo-se escuchó desde la cocina.
- ¿Clotilde?-repitió con mayor fuerza Amelie.
- En seguida voy señora, en seguida voy.
Clotilde subió las escaleras torpemente tan rápido como pudo e ingresó al cuarto de la señora. Quedó boquiabierta al notar que el bellismo cuarto de finas cortinas doradas, fragancias elegantísimas, la cama ornamentada con suaves tules que caían de lo mas alto y las largas velas de vainilla; se había convertido en un depósito oscuro de cajas de madera de todos los tamaños, pero envió hablar al respecto.
-Señora, diga usted-dijo Clotilde-¿En qué la puedo servir?
- Clotilde, necesito que llame Perkins y le pida que lleve todas las cajas al sótano.-ordenó Amelie-luego que Perkins se acerque, para darle las indicaciones de lo que debe hacer con las cajas.
- Como usted ordene señora-contestó Clotilde.
La acabada Clotilde salió del cuarto hacia el área de los empleados. El área de los empleados se ubicaba en la parte posterior, cruzando el jardín de la recidencia, tenía el aspecto de una pequeña casita de campo. Ahí se encontraban las habitaciones de Perkins, quien se encargaba de la limpieza y mantenimiento de la mansión; Clotilde la vieja nana de la familia; y, Antonieta, la alegre cocinera y siempre cantante pastelera de la casa. Clotilde ingresó a la casita del jardín y encontró a Perkins arreglando las sillas de la cocina.
- Perkins-lo interrumpió-la señora Amelie lo necesita. Desea que baje unas cajas que se encuentran en su habitacion y la del señor.
- Ya voy, ya voy -respondió el renegado Perkins al dejar las sillas a medias.
- Apúrese Perkins, hay mucho por hacer hoy-comentó Clotilde
- Esta bien.-dígale que en seguida subo.-contestó Perkins.
Perkins terminó de cambiar el tapizón del puff de la sala que por meses había servido de lima de uñas de Rorro y se dirigió a la sala en donde se encontraba la señora mirando fotografías.
- Perkins, necesito que bajes las cajas que se encuentran en mi habitacion y las coloques en el sótano, acomódalas lo más escondidas que se puedan-recalcó- y si es necesario cavar y colocarlas ahi, hágalo.
- Si, señora, como usted ordene.
- Fígese que las cajas estén bien cerradas, pues luego las cubriremos con brea para evitar que sean vistas.
- Yo mismo revisaré una por una-afirmó Perkins
- Perfecto, lo dejo en sus manos.-dijo Amelie sonriendo.
- No se preocupe.
Ya era entrada la noche y Artur no llegaba a casa, Amelie estaba preocupada, no sabía si es que algo había sucedido. Amelie solía siempre preocuparse de mas por su esposo, queria ser la mujer perfecta para él, siempre estaba al tanto de su trabajo y buscaba aliviar sus preocupaciones. Pensaba en que él era su heroe, quien la cuidaba y protegía y que no quería que le pase nada a ese hombre, a ese ser tan especial, lo amaba.

Sunday, December 6, 2009

1

- Despierta, niña Anna, ya es hora de ir a la escuela-dijo ama Clotilde
- Todavía es de madrugada, es muy temprano-renegó Anna, mientras se cubría con las sábanas de algodón egipcio que el distinguido señor Artur había traido de su último viaje.
- Niña Anna, despierte, la señora Amelie se va a enojar. Párese, para cambiarla.-apresuró a decir Clotilde.
- Hoy vístame de violeta, es mi color favorito-ordenó Anna, mientras se acomodaba el cabellos con sus blancos dedos.
- Niña Anna, usted siempre vistiéndose de colores oscuros, ¿por qué no elije el rosado?-sugirió la acabada Clotilde-parece una muñequita de porcelana con aquel vestido.
- El violeta está bien-suspiró Anna mientras la vestían.

Era una mañana de invierno, de esas en donde la omnipresente humedad de la nieve transpasaba los muros de la elegante residencia.
Anna aceleró su paso para ir a tomar el desayuno mientras Clotilda la perseguía para colocarle el listón en el cabello.

- Tesorito, ¿eres tú? - dijo la dulce voz de la señora Amelie
- Sí, mamá. Ya estoy bajando.-informó Anna corriendo escaleras abajo
- Tu padre y yo te estamos esperando-suspiró la señora con voz preocupada.
Anna se acercó al comedor, y pidió permiso a sus padres para sentarse. El señor Artur le concedió el permiso y Anna sonrió y se sentó suavemente.

El ambiente no era el mismo de siempre, se sentía la tensión en el aire, el rostro de Amelie inspiraba tristeza, no eran buenas noticias.

- Princesita, tu padre tiene algo importante que decirte-dijo Amelie
- Anna, como sabes, nuestro país está pasando por una situación complicada, y me han encomendando una importante misión, para lo cual me parece indispensable dejarte a ti y a tu madre en un lugar seguro.
- Papá, ¿qué es lo que está sucediendo?
- Las tropas en pocos días llegarán a estas tierras, por lo cual las enviaré lejos. Este no es un lugar para que una señorita como usted crezca-afirmó seriamente Artur.
-Pero papá-dijo Anna luego de una pausa-yo no me quiero ir a ningún lado. Quiero quedarme contigo-sollozó.
La señora Amelie abrazó con dulzura a su hija, y consoló sus lágrimas. El señor Artur, las miró con detenimiento, y simuló un bostezo para evitar que su esposa y su hija visen la lagrima que caía cuesta abajo.
- Ama Clotilde-llamó el señor Artur
La arrugada señora se saltó de la silla de la cocina en donde tomaba su desayuno, dejó el pan a medio comer, espantó al Rorro, el gato gris de Anna, e ingresó al comedor.
- Señor, ¿llamó usted?-dijo la agitada ama Clotilde.
- Si. Escúcheme bien lo que le voy a decir. Mañana por la mañana partiremos rumbo a la casa de verano. Hoy Anna no acudirá al colegio, empacarán lo mínimo e indispensable, no nos queda mucho tiempo, según me informaron ayer por la noche.
El señor Artur no habló mas, no tenía por qué darle razones a una criada. Hubo un silencio absoluto en la habitación por el resto del desayuno. Se oían los tímidos sorbos de café y a Rorro mauyando a lo lejos.
- Papá, ¿podemos llevar a Rorro?-interrumpió Anna.
- Si amorcito, lleva a tu Rorro.-dijo sonriendo Amelie - Ahora debemos ser fuertes, las dos iremos juntas, mi vida. Tu papá se irá mañana por la mañana...
- Partiré a las 5 am -interrumpió -el señor Artur-vendrá Friedman por mi.
- ¿El papá de Nicolas? - dijo Anna sorprendida.
- Si, el mismísmo.-contestó Amelie-su padre pertenece a la misma unidad que Artur.
- Bueno, ya todo está dicho, es hora que realize mis ultimas obligaciones y designe mis tareas en la base.
El señor Artur se despidió de ambas, su hija y su esposa. Mientras se alejaba, quería creer que todo era una pesadilla. Pensaba en qué sería de ellas, que debía de protegerlas, de que quería ver crecer a su pequeña.


(continuará)